Son las 9:00 de la mañana de un día soleado en Houston, Texas. La radio, antigua pero funcional, se encuentra sobre la alacena de la casa de Ryan Miller, quien hace pocas semanas había cumplido 67 años.
«Hoy en las Grandes Ligas tendremos el inicio de la Serie Mundial entre los Astros de Houston y los actuales campeones, los Padres de San Diego. Una serie que promete emociones hasta el final y que, casi seguro, no terminará en cuatro compromisos. Mañana analizaremos lo que fue el primer choque y todos los pormenores que dejó. Con esto nos despedimos y los invito a sintonizarnos a la misma hora por Eleven Sports. ¡Bye, bye!», escuchaba en la mesa de la cocina mientras desayunaba un vaso de leche y el pan que había quedado de la noche anterior.
Ryan, con la mirada perdida, se levanta de su silla y apaga el viejo aparato que conservaba desde hace décadas. A pesar de estar discontinuado, disfrutaba sintonizarlo.
Corría el año 2030 y Ryan era plenamente consciente de que ya nadie acostumbraba a escuchar la radio ni a leer periódicos; incluso la televisión había sido desplazada. Vivía en un mundo donde la inmediatez abría un abanico infinito de entretenimiento, pero cada vez más vacío: tener todo a la mano para no disfrutar de nada.
De hecho, las transmisiones deportivas luchaban por seguir captando audiencias, sobre todo a los más jóvenes. El último golpe sobre la mesa fue una aplicación donde podías cambiar la cámara para ver el partido. Con un solo clic, elegías tener la perspectiva del pitcher, jugador de campo o incluso del mánager. El juego había pasado a un segundo plano.
Estos avances, audaces en su momento y de gran impacto mediático, tuvieron un apogeo desde su lanzamiento. Sin embargo, el pico de visualizaciones volvió a bajar. Sencillamente, ya no había nada que atrapara por completo a los aficionados por más de dos horas. Y como bien se sabe, toda acción trae una reacción.
Muchos oficios y profesiones habían sido desplazados. Bastaba comparar años atrás con las generaciones de ahora: el camarógrafo aéreo, que hacía tomas desde un helicóptero fuera del estadio, se tuvo que reinventar; los que cambiaban la pizarra manualmente ya no fueron necesarios; y, desde este año, los árbitros dejaron de pertenecer al ecosistema del béisbol.
Ryan, exárbitro, tuvo 22 años de servicio ininterrumpido en Las Mayores. Su rol casi siempre pasaba desapercibido, lo cual era una excelente noticia para él, pues mientras menos reconocido sea un umpire, significa que cumplió con su trabajo.
El inicio de 2030 trajo consigo una ola de innovaciones en MLB. La principal fue la implementación de sistemas para eliminar el factor humano en las decisiones arbitrales. A diferencia de como se pensaba anteriormente —que habría árbitros robots detrás del home y en otras partes del terreno—, ahora solo están los jugadores, decenas de cámaras que detectan movimiento y una pantalla gigante que, en cuestión de segundos, dicta la sentencia de cada jugada.
Esta pudo ser la Serie Mundial número 17 para Ryan, un hombre que vive por y para la pelota. Como algo atípico, nunca quiso ser jugador profesional; su sueño siempre fue impartir justicia dentro del diamante.
De niño, veía los juegos en casa con su padre y, una vez al mes, iban a campos de ligas menores para sentir la emoción en primera fila. Un día, en una jornada donde se enfrentaban los Pilotos y los Caciques, hubo una gran pelea entre ambas novenas, que dejó como consecuencia la expulsión de ocho jugadores. Todo se originó a raíz de un batazo que no fue interpretado como infield fly.
El árbitro había acertado: solo había un corredor en primera base. La regla es clara: para ser decretado infield fly, deben haber hombres en primera y segunda, o bases llenas, con menos de dos outs.
El juego finalizó y, al caer la noche, Ryan le preguntó a su padre por qué los jugadores salieron a recriminarle al árbitro tan airadamente si en realidad tenía razón. El señor sonrió y le dijo:
—Los jugadores, la mayoría de las veces, no conocen las reglas del deporte que practican todos los días. Y cuando fallan, no quieren quedar expuestos ante miles de aficionados. Por eso es más fácil buscar un culpable.—
El niño asintió con la cabeza y se fue a dormir.
Aquella conversación fue el inicio de una pasión que se sembraría en Ryan. Entendió que muchas veces él y su padre también le gritaron a un juez por una decisión casi automáticamente, más allá de si era errónea o correcta. Era algo natural del deporte.
Pasaron los años y Ryan estudió hasta graduarse de contador —nada que ver con el béisbol—, pero no dejaba de ver o escuchar los juegos en su antigua radio. Un verano se encontró con un viejo amigo a quien tenía tiempo sin ver. Comenzaron a charlar y, tras unos minutos, Carlos le contó que trabajaba en un estadio de béisbol y que estaban buscando a alguien para un cargo administrativo.
Sin pensarlo dos veces, Ryan se postuló y fue seleccionado a las pocas semanas. Allí comenzó a desarrollarse su vida en el estadio. Aunque las oficinas no tenían vista al terreno y su horario finalizaba antes de iniciar cada partido, el hombre era feliz con el solo hecho de estar rodeado de ese ambiente.
En ocasiones, Ryan —de tez morena, 1.75 metros de estatura y con el característico bigote de la época de los 80— se quedaba a mirar cualquier juego del equipo para el que trabajaba (Astros). Conversaba con el personal y a veces compartía espacio con el cuerpo arbitral.
Al ver su pasión desenfrenada y el conocimiento que poseía, uno de los umpires le preguntó por qué no se formaba en esa profesión, pues todavía tenía oportunidad al ser tan joven. Ryan lo analizó y tomó la decisión que cambiaría su destino.
El proceso no fue fácil ni rápido. De hecho, muchas veces se cuestionó si tomar ese camino era lo correcto, ya que había dejado su trabajo seguro por perseguir un sueño. No obstante, siguió esforzándose hasta lograrlo.
Tuvo que esperar aproximadamente una década desde aquella decisión para debutar en la MLB. Su primer juego al ser promovido no lo olvidaría jamás: Seattle vs. Orioles, en una de esas faenas divertidas para algunos y aburridas para otros, que finalizó 1-0 con solo cuatro hits.
El primer turno fue inolvidable. Antes de dar la voz de play ball, el bateador se acercó a la caja y, con la parte delgada del bate, le dio unos golpecitos en la parte baja de las espinilleras, justo donde está la protección: un gesto de saludo muy común entre jugadores y árbitros.
A veces, Ryan recurre a esa imagen en sus recuerdos antes de dormir. Es como ver su película favorita una y otra vez. Pero al despertar ya no hay prisa, pues la rutina de llegar bien temprano al campo de juego dejó de existir.
«Y en notas deportivas, los Astros dan el golpe sobre la mesa al imponerse 4-3 en entradas extras ante San Diego. Viniendo de atrás y con un pitcheo hermético, derrotaron al favorito para llevarse el primero de la serie», sonaba en la radio.
Ryan ya no podía permitirse asistir seguido al estadio; las entradas estaban cada vez más caras y, para una Serie Mundial, eran casi impagables. Sin embargo, lo tenía claro: si la serie se extendía a siete juegos, él estaría allí.
El equipo texano parecía tener otros planes al llevarse también los siguientes dos duelos, dejando contra las cuerdas a los Padres. ¿Qué posibilidades había de remontar un 3-0?
Casualidades del destino, exceso de confianza de Houston o determinación de los del Viejo Circuito, la lógica fue perdiendo validez. Juego tras juego, los Padres fueron ganando hasta llevar las emociones a decidirse en un séptimo choque: el sueño del fanático neutral. Había que cumplir la promesa que se había hecho.
Sin tiempo que perder, Ryan se dirigió al estadio para comprar su boleto, dejando la radio encendida sobre la mesa en medio del apuro. Para sorpresa de nadie, las taquillas estaban agotadas y solo quedaban revendedores con precios astronómicos. Aun así, como el orgullo de pedirle un favor a algún directivo o excompañero era más grande, Ryan optó por pagar la reventa. Irónico para alguien que vivió más tiempo entre las líneas del terreno que con su propia familia.
Fiel a sus principios, llegó bien temprano para disfrutar del espectáculo cargando un artefacto manual para contar bolas y strikes. A pesar de tanta tecnología, no se fiaba de su reemplazo.
Sentado en la parte baja del lateral izquierdo, justo arriba del dugout local, veía un reloj gigante con una cuenta regresiva: 10, 9, 8… hasta llegar a cero. Así daba inicio el juego, sin un árbitro que señalara al lanzador para indicarle que el juego había iniciado.
También se activaron otros relojes para cronometrar a los pitchers, a los bateadores y el tiempo para correr las bases tras un jonrón. Para esa temporada ya se habían eliminado las visitas al montículo por parte de los coaches de pitcheo y mánagers; todo lo que se le debía decir a un lanzador se hacía a través de un interlocutor.
Las entradas transcurrieron y Ryan disfrutaba el encuentro sin dejar de observar a su alrededor: muchas personas sumergidas en sus teléfonos, más pendientes de grabar un momento para redes que de prestar atención a lo que sucedía en el campo.
En un momento se quedó mirando fijamente detrás del receptor: no había nadie. Donde debió estar él o alguno de sus compañeros, solo había un espacio vacío. Vio cómo un bateador saludó con la parte delgada del bate al catcher y no pudo evitar recordar su debut como umpire principal.
Los innings avanzaron hasta llegar a la baja del octavo episodio con la pizarra empatada 2-2 en un auténtico duelo de lanzadores. Había un corredor en primera con dos outs. Tras un batazo profundo hacia la pared, casi en cámara lenta, todos los aficionados se pusieron de pie en sus asientos para ver el desenlace. La bola volvió rápidamente al cortador, el corredor se deslizó hacia el plato y, entre un silencio ensordecedor, la multitud volteó a la pantalla gigante: SAFE. 3-2 para los Astros.
La alegría de los parciales del equipo de casa se hizo notar y el conjunto contrario volvió a sus posiciones. No hubo reclamos, no hubo cuestionamientos. Tampoco hubo un umpire que abriera los brazos de manera efusiva para dictar la sentencia. No hubo emoción.
Ryan llegó a su hogar. La radio continuaba encendida en la cocina, rompiendo el silencio con el resumen final de la transmisión; se acercó a la alacena y la apagó. Se dio un baño y se acostó para comenzar nuevamente su nueva rutina.
La tecnología llegó para ser una herramienta del ser humano, pero no debería alejarnos de la esencia de lo imperfectos que somos. Lo justo debe prevalecer, pero siempre de la mano de aquello que nos define y nos hace sentir vivos.
